El vivo retrato

No se puede encarcelar a un reo ni matar a un ejecutado. Pero ya os lo dije, hasta que el viento no me tiene bien despeinado no me doy cuenta de que estoy en medio de un huracán. Instagram abrió ante mí un mundo inexplorado. Por eso costaba tanto dar caza a Llolker: las redes sociales levantaron un buen vendaval, pero Instagram fue ese huracán en el que él se movía con soltura. Y yo, con el tiempo, también. Lo que construí en mi vida real hasta ese momento fue cayendo ladrillo a ladrillo sin que yo ni siquiera pasara por ahí.

En esa prisión con pantalla táctil tenía todo lo que necesitaba. Gracias a los atardeceres de colores y los surfistas voladores muchos viajeros enjaulados llegaban hasta mi celda y me regalaban sus mejores palabras. En esas 4 paredes de plástico y circuitos y rejas de cristal comenzaba a ser importante. Decoré la celda con mis mejores fotos del Campo de Gibraltar. Con cada nuevo adorno colgado, más visitantes venían y más amables eran las confluencias con ellos. Cada vez pasaba más tiempo allí y menos en mi vida real. Ese sitio donde se podían pisar esas playas y ver esos atardeceres de verdad. Y donde el viento te despeinaba al salir por la puerta.

Llolker era mi vivo retrato en realidad. El retrato de quién era yo realmente, quiero decir. Si la cosa medio funciona, me dejo llevar con facilidad. Con poco que te muevas, Instagram te ofrece un bonito viaje lleno de luz y sonrisas ¿Quién puede resistirse?

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