El segundo día

El segundo día me desperté con la oscuridad, encendí el fuego, me hice un café y esperé el amanecer. Con la primera luz vi al fotógrafo: lejano, inmóvil, al lado de su mochila en la arena. Entonces cogí el catalejo y vi que no tenía cámara. Sonreí “A lo mejor tiene una pistola”. Me senté en el suelo y dije despacio “Para ti la primera foto”. Nos quedamos inmóviles durante horas. Alrededor el sol calentaba la playa. Yo me bebía una cerveza cada media hora. La luz era cegadora. De repente vi al tío riendo y corriendo. “Muérete, hijo de puta” – pensé. “Muérete, instagramer bastardo”. Entonces me levanté con la cabeza dando vueltas, agarré la cámara de fotos y empecé a caminar arrastrando los pies. Allí delante el fotógrafo no se movía, no escapaba. Doscientos metros, quizás menos, me paré. Grité “Déjalo ya, cabrón” y en voz baja “Déjate matar, pórtate bien”. Grité de nuevo “Llolker, no hagas el idiota”. Se quedó inmóvil. Agarré bien mi cámara y arranqué a correr hacia él, que se puso a correr también. Seguimos así hasta agotar nuestras fuerzas. En el horizonte apareció un pueblo olvidado en la nada. Llolker lo enfila y yo detrás de él. A los diez minutos entró en el pueblo y desapareció.

Ralentizando el paso antes del pueblo me paré para recuperar un poco el aliento. Encendí mi cámara y alcancé las primeras casas. No había ni un alma viva. Caminé despacio a lo largo de los muros, atento al mínimo ruido. Espié por cada ventana, leí cada sombra. Sentía mi corazón latiendo en los oídos. “Tranquilo” – pensé. “Probablemente no esté armado. Sólo tienes que encontrarle y matarle. No es más que otra víctima de las redes sociales” Seguí andando y por fin vi a una vieja de pie en el umbral de una posada. Me acerqué y le pregunté si había visto a un tío haciendo fotos con un móvil. Me hizo una señal de “sí” con la cabeza e indicó el final de la aldea donde la carretera seguía hacia la nada.  “No me mientas” le dije. Hizo una señal de la cruz e indicó de nuevo el final de la aldea. Me resigné. “¿Tienes algo para beber?” – le pregunté. La mujer entró en la posada y salió con aguardiente. Bebí. “¿Se ha llevado consigo agua el fotógrafo?”. La vieja hizo una señal de “no”. Entonces le pregunté “¿Sabes quién es?” y la vieja me dijo “Sí, es un chico que va detrás de un inconsciente”. Me quedé mirándola: “¿Te lo dijo él? – pregunté. Ella respondió “Sí”. Bebí otro trago de aguardiente. “Tú estás muerto, chaval” – pensé. Lancé una moneda a la vieja, le devolví el aguardiente y avancé hacia el final del pueblo. Cuando superé la última casa, miré hacia adelante, nada. Pero cuando giré a la derecha, vi a Llolker inmóvil a no más de cien metros de distancia. “Es un chico que va detrás de un inconsciente”. Pasé una mano sobre mi rostro “Tranquilo” – pensé. Me quedé mirando a Lloker, quise gritarle algo pero no se me ocurría nada. Di media vuelta y corrí hacia la primera casa. Pasé la noche allí sin poder dormir pero con mi cámara siempre en la mano.

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